lunes, 20 de abril de 2015

La búsqueda del emigrante

Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo… Si tienes un sueño, debes protegerlo. Si alguien no puede hacer algo, te dirá que tú tampoco puedes. Si quieres algo, ve tras ello. Punto.
Chris Gardner (Will Smith)
En busca de la felicidad.
Ayer comenzó a circular en la red (y ya se hizo viral) un audio o sonido que ha sido mayoritariamente titulado “el inspirador mensaje de Lorenzo Mendoza”. Según parece, el discurso del reconocido empresario venezolano (propietario y presidente de Empresas Polar) se grabó en un auditorio y en el contexto de una reunión con trabajadores del grupo empresarial, alguno de los cuales, aparentemente, habría expresado desesperanza por su futuro en Venezuela y en el grupo empresarial, y su deseo de emigrar, lo que presumiblemente animó a Lorenzo a defender sus razones para quedarse en Venezuela.
El discurso de Lorenzo Mendoza (un empresario al que admiro, aún después de oírle este discurso), es inspirador, pero merece –en mi criterio– algunos matices o correcciones. Está claro que el discurso es correcto y acertado, al menos en el auditorio donde lo realizó, y la finalidad con que lo hizo: Motivar a sus trabajadores y animarlos a seguir trabajando por Venezuela (y desde luego por su empresa, que no podría seguir siendo exitosa sin trabajadores motivados y productivos). Es el discurso que un empresario y un líder (como lo ha sido Lorenzo) debe darle a su gente. Decir (en ese contexto) algo diferente a lo que dijo, sería impertinente y sumamente criticable.
Cuando hablé de los matices o correcciones que merece el discurso de Lorenzo Mendoza, hablo de algunas expresiones que tal vez podrían no ser dichas, o dichas con otro estilo o tono, si se ejerciera el pensamiento-perspectiva y el esfuerzo (aún mayor) de colocarse en los zapatos de quienes han emigrado. Quiero decir, fuera del aludido auditorio y del contexto en que dio su discurso, el tono y estilo del discurso luce chocante, porque da la sensación de que Lorenzo no ha comprendido enteramente las razones de los venezolanos que han emigrado, y que muestra poca solidaridad y empatía con quienes se han visto motivados (y hasta forzados) a emigrar. Así lo han sentido (y expresado) muchos emigrantes, como puede leerse en la “Carta a Lorenzo Mendoza de una venezolana que cambió ‘unos problemas por otros”.
Porque, aunque Lorenzo Mendoza haya dicho que “respeta” la postura de quienes han emigrado, sutilmente los culpa por tener (y tomar) su oportunidad y por no asumir cabalmente sus responsabilidades con Venezuela. Incluso dice que “yo estoy con la gente que no puede irse para ningún lado”; y deja la sensación de que no está con los que se fueron. No digo que Lorenzo lo haya hecho intencionadamente o de mala fe. Creo que le habló con franqueza a sus trabajadores, sin imaginar que su discurso sería escuchado fuera de ese auditorio y heriría la sensibilidad de algunos emigrantes. Más que tolerar o “respetar” la postura del otro, es necesario “empatizar” e identificarse con las razones y las emociones del que piensa diferente a nosotros.
La primera corrección que merece el discurso de Lorenzo Mendoza es que la mayoría de los emigrantes no se han ido porque tomaron una oportunidad, y mucho menos porque crean ellos que “pueden irse a donde sea”. La mayoría de emigrantes tiene solamente una nacionalidad, un pasaporte u otro papel que les permite abordar un avión y aterrizar en otro país. Es injusto hacerlos sentir culpables por tener esa oportunidad, y por tomarla. Pero ese papel no les garantiza empleo ni prosperidad en el extranjero (y cualquier emigrante razonablemente serio sabe que es así).
Los venezolanos emigrantes no se han ido porque hayan tenido una gran oportunidad o un gran empleo esperándolos en Nueva York o en París, sino que se han ido porque han padecido persecución o discriminación (y ya no saben cómo evitarla dentro de Venezuela), o porque fueron víctimas personales de la agobiante inseguridad criminal; o simplemente huyendo de una crisis social que –al decir de quienes aún siguen en Venezuela– amenaza con convertirse en una crisis humanitaria. Cuando Lorenzo dice que “yo estoy con la gente que no puede irse para ningún lado”, deja la sensación de que no está con la gente que se fue, y desprecia el hecho de que estos emigrantes siguen comprando (con abnegada fidelidad) la harina PAN y otros productos que produce Empresas Polar, de los que todo venezolano se sigue sintiendo orgulloso, viva donde viva.
Es verdad que Lorenzo Mendoza ha cumplido su responsabilidad con Venezuela. Difícilmente pueda decirse que no. Pero no sólo él, ni solamente los que siguen en Venezuela. A la mayoría (o a buena parte) de los venezolanos nos criaron también para asumir responsabilidades, y precisamente por ello es que muchos venezolanos han emigrado. Porque han sentido el peso agobiante de la responsabilidad que es ofrecer a su familia oportunidades de desarrollo y crecimiento, y para su fortuna (o para su desgracia) tienen un documento que les da una responsabilidad adicional: elegir donde vivir. Como alguna vez me dijo un venezolano sin otra nacionalidad: “Yo la tengo fácil, no tengo la libertad ni la responsabilidad de elegir, para bien o para mal, mi única alternativa es quedarme en Venezuela y criar a mis hijos acá. No tengo cómo equivocarme. Difícil la tienes tú, que tienes alternativas y tienes la responsabilidad de elegir dónde es el lugar correcto para criar a tus hijos. Y lo peor es que te puedes equivocar.”.
Cuando se culpa a los emigrantes de no asumir sus responsabilidades con Venezuela, no se está considerando que la mayoría (o buena parte) de ellos se han ido, agotados de apostar por el país y de trabajar (adentro) por él; y que siguen trabajando por el país, aún afuera. Quienes somos hijos de la inmigración sabemos cuánto ayudaron los emigrantes españoles, portugueses e italianos en Venezuela, a la gente y a la economía de los países europeos, cuando estos atravesaban situaciones difíciles.
Para ser justos, hay que decir que Lorenzo Mendoza ha tenido y ha tomado también sus oportunidades, porque a sabiendas de la persecución y de los riesgos que padece su grupo empresarial en Venezuela (que son enormes), desde hace mucho tiempo tomó la decisión de abrir operaciones en países como Colombia y Estados Unidos. Los emigrantes lo saben muy bien porque todos los productos Polar que compran en el extranjero vienen de países diferentes a Venezuela. Y no por ello es reprochable la conducta de Lorenzo, ni podemos culparlo por apátrida o algo por el estilo. En verdad, da mucha tristeza ver que un empresario venezolano se haya visto necesitado de abrir plantas en el exterior para poder exportar, en vez de crear empleo y valor agregado en Venezuela, pero su decisión de "emigrar corporativamente", abrirse oportunidades en el exterior y "cambiar unos problemas por otros" es tan defendible y respetable como la decisión de los emigrantes de hacer exactamente lo mismo.
Y es verdad también que no es igual (para todos) asumir sus responsabilidades mientras se vive en Venezuela. Es más fácil asumirla si, a pesar de esta “travesía por el desierto” (como acertadamente la llama Laureano Márquez), se tienen los medios para adquirir alimentos básicos sin hacer largas colas bajo el sol y sin limitaciones de cantidad o de número de cédula de identidad; o para enviar a nuestros hijos a estudiar en alguna universidad del exterior; o para traer del extranjero un medicamento que no se consigue en Venezuela y que nuestra madre necesita para vivir; o para viajar al exterior sin “mendigar” divisas al gobierno ni cometer el delito de comprarlas en un mercado “negro” o ilegal; o para viajar por Venezuela sin ser asesinado alguna noche en la autopista de Puerto Cabello; o para salir un día del supermercado en Chuao o una noche del Centro Comercial San Ignacio, sin ser asesinado por un atracador o por un sicario…
Durante la “travesía por el desierto”, no todos tienen la misma cantidad de agua para sobrevivirla. Y mal puede culparse a una persona de intentar salvarse, si tiene y toma la oportunidad de escapar en un helicóptero, aún sabiendo que –sí es verdad– “está cambiando unos problemas por otros”, pero para el emigrante, los problemas fuera del desierto son solucionables con trabajo, con emprendimiento y con sacrificio, y no corre tan elevado riesgo de ser asesinado en el proceso. Su decisión es producto del sagrado derecho que tenemos todos los seres humanos a la búsqueda de la felicidad.
A pesar de mis críticas, sigo creyendo que Lorenzo Mendoza es un “duro”, un gerente que no se conformó con heredar una empresa, sino que ha trabajado para acrecentar la calidad de sus productos, sus valores y su imagen corporativa; que tuvo el acierto de crecer en el exterior para no comprometer la viabilidad del grupo empresarial; que ha practicado (como pocos) la responsabilidad social; y que ha logrado seguir siendo exitoso, sin comprometer su integridad ni la de su grupo empresarial (y miren que de esto hay muy poco).
Yo no le preguntaré qué hace todavía en Venezuela, cuándo se va o por qué car… no se va. Más bien, yo le pido que siga en Venezuela, que siga siendo el exitoso empresario y gerente que es, y que siga motivando y animando a sus trabajadores y a su entorno para que sean tan exitosos como él. También le pido que haga un esfuerzo adicional por comprender e identificarse con las razones y las emociones de quienes se fueron de Venezuela, y que esté también con ellos.
Porque puede llegar el día, y ojalá que no, en que a pesar de su compromiso y de su responsabilidad, él también deba “escapar” de Venezuela (como han tenido que hacerlo otros empresarios y emprendedores igual de comprometidos y responsables que él). Si ese día tuviera la desgracia de llegar, yo jamás lo culparé por irse. Jamás diría que Venezuela esté perdida “por culpa de tener emprendedores como él”. Más bien diría que se perdió “a pesar de tener emprendedores como él”.
En ese momento empecé a pensar en Thomas Jefferson y en la Declaración de la Independencia. Nuestro derecho a tener ‘vida y libertad’ y a ‘buscar la felicidad’. Y recuerdo que pensé ¿cómo se le ocurrió poner la parte de la búsqueda? Quizás la felicidad es algo que solo se busca y tal vez nunca la podamos obtener hagamos lo que hagamos…
Chris Gardner (Will Smith)
En busca de la felicidad.


jueves, 29 de enero de 2015

Derecho y totalitarismo

¿Constituye la sanción por no abrocharse el cinturón de seguridad, un uso totalitario de la ley o del Derecho?
¿Puede la sociedad (o el Estado) usar el Derecho para protegerme de mí mismo?
¿Podría la ley prohibirnos conducir vehículos, o fumar, o beber, o subir en ascensor o amar desesperadamente, porque las estadísticas demuestran que de esa manera se salvan vidas y moriríamos menos personas?
¿Podría la ley obligarnos a “echar la siesta”, o ir al gimnasio o beber con moderación, porque así disminuye el riesgo de contraer enfermedades y de esa manera, prevenimos gastos al sistema público de salud?
En el artículo que a continuación se transcribe, Javier Goma Lanzón comenta la obligación de abrocharse el cinturón de seguridad y lo usa como excusa para meditar sobre la esencia del Derecho. Básicamente, propone que el aparente paternalismo con que la sociedad política (o el Estado) pretende cuidar de nosotros como si fuéramos menores de edad, es en realidad (nada menos que) una modalidad de totalitarismo. Un artículo abierto a la polémica y que nos convoca a reflexionar sobre la protección de la libertad.
Abrochado a la dulzura de vivir
Javier Goma Lanzón. 6/11/2010. El País
Conducimos nuestro coche y vemos a cierta distancia, en una curva, a una pareja de policías en actitud vigilante. Con una maniobra arriesgada, nos apresuramos a abrocharnos el cinturón de seguridad. En España, la ley impone multas a quien circula en un coche sin el cinturón abrochado. Yo creo que esta sanción constituye un uso totalitario de la ley y, como excusa para meditar sobre la esencia del derecho, en este artículo me propongo explicar por qué.
El derecho regula las relaciones interpersonales. Y no todas. Hay algunas demasiado importantes para confiarlas a la ley, como el amor o la amistad. Así, el amor es una realidad extra legem incluso en caso de matrimonio, el cual se perfecciona válidamente sin él; y, por otro lado, ningún Parlamento se atrevería a aprobar un "estatuto del amigo" con una lista de derechos y deberes amicales bien definidos. En un Estado de derecho, la ley tiene competencia para regular un número tasado de interacciones humanas, sólo aquellas que por su naturaleza son exigibles coactivamente activando la máquina represora del Estado, y el amor o la amistad ciertamente no son de esa clase.
Pues bien, si ya sería una extralimitación que la ley regulase relaciones sociales de ámbito personal, la obligatoriedad del cinturón de seguridad va aún más lejos porque la norma que lo impone busca protegerme a mí... contra mí mismo. En el Antiguo Régimen, durante el absolutismo monárquico, si en la propia casa, guardado bajo llave en una arqueta, el alguacil real sorprendía un manuscrito íntimo donde su autor, por ejemplo, hacía profesión de ateísmo, el desgraciado podía ser torturado y llevado al patíbulo. No sólo lo que uno escribía sino lo que pensaba constituía delito: la red jurídica se introducía en el fuero interno de las personas y las sometía a servidumbre amenazando con castigos al mero flujo interior de la conciencia. Era aquélla una época en la que los príncipes ponían la felicidad de sus amados súbditos entre sus deberes de gobierno. Las democracias liberales, por el contrario, reconocen a cada ciudadano, cuando alcanza su mayoría de edad, autonomía moral y competencia cognitiva suficiente para buscar la felicidad a su manera sin obligación de aceptar tutela alguna, pública o privada, sobre las decisiones relevantes atinentes a su estilo de vida.
¿Qué bien social está reglamentando la norma que declara ilícito el incumplimiento del deber de abrocharse el cinturón de seguridad? Ninguna: está velando exclusivamente por mí y no pretende proteger interés general alguno, pues no hay aquí atisbo de mundo interpersonal. Otras normas viales -como las señales de tráfico- se enderezan a facilitar una conducción segura; pero el cinturón no previene de accidentes con terceros sino, una vez producidos éstos, sólo de lesiones propias. Si únicamente mi vida corre peligro, ¿por qué me multan? El consumo de droga no es infracción y el intento frustrado de suicidio tampoco, pero circular desabrochado sí. Las leyes sanitarias que hoy restringen severamente el consumo de tabaco se fundan en la protección de la salud de terceros. ¿Qué perjuicio de terceros trata de evitarse con la obligatoriedad del cinturón?
Se me dirá, con el cervantino maese Pedro: "Muchacho: sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sutiles". Es decir: puede que tengas razón en un plano teórico, pero el cinturón positivamente salva vidas, ahí están las estadísticas. Lo cual es sin duda cierto, como también lo es que el descenso del número de víctimas sería aún mayor si la ley nos prohibiera conducir, o por qué no, fumar, beber, subir en ascensor o amar desesperadamente, todo lo cual ha sido fuente de innumerables muertes. Este aparente paternalismo, que cuida de nosotros como menores de edad incapaces de elegir lo que nos conviene y nos lleva de la mano al recto comportamiento, es en realidad una modalidad de esos totalitarismos cuyo lema se resume en el protervo dictum de Goethe: "Prefiero el orden a la libertad". El utilitarismo de los números no debería nunca prevalecer sobre la alta dignidad de ser libres. Si nos obligan a ser felices malgré nous, podría sucedernos lo que dice Juvenal en su verso: que "por amor a la vida perdamos lo que la hace digna de ser vivida".
Se me dirá también: no es cierto que el cinturón sólo proteja bienes privados porque el herido en accidente de tráfico genera gastos al sistema público de salud. ¡La órdiga! -replico yo-, si el título habilitante del Estado para interferir en mi esfera privada es la hipótesis de un gasto público evitable, entonces no sólo el uso del cinturón sino la vida en su totalidad debería sujetarse a la ley, porque la ausencia de hábitos saludables -echarse la siesta, ir al gimnasio, beber con moderación- aumenta el riesgo de contraer enfermedades que requieren tratamiento médico soportado por la Seguridad Social; y cultivar sentimientos y pensamientos insanos también podría redundar en perturbaciones mentales causantes de bajas laborales con cargo a los presupuestos públicos: en el actual Estado de bienestar, todo tiene repercusión potencial en el gasto público y, si aceptamos el principio, aun las relaciones sexuales abiertas a la procreación deberían estar minuciosamente reglamentadas, como en China, porque quizá produzca yo con un cómplice un pequeño acreedor de prestaciones públicas futuras. Imagino el día en que, tras cortarme un dedo en la cocina y acudir a un centro de salud, el facultativo dé parte a la policía de mi comportamiento bajo la sospecha de un uso negligente de los caudales públicos. No: si mi libertad genera perjuicios, incurriré en la responsabilidad que proceda, pero cuando no hay daño de terceros, el Estado no está autorizado a evitar el daño propio convirtiendo una conducta privada en ilícita y punible.
Y ahora, un consejo: abróchate el cinturón, no por temor a la multa, sino por la douceur de vivre.