miércoles, 17 de diciembre de 2008

Quiero compartir con Ustedes el artículo de mi buen amigo Ignacio Avalos en El Nacional de hoy 17/12/2008, pág. 12, a propósito de la violencia que impera en Venezuela.

Once ministros después

IGNACIO ÁVALOS
iavalosg@cantv.net

I. Once ministros después, me refiero a los que han ocupado la cartera de Interior y Justicia (Miquilena –dos veces–, Arcaya, Dávila, Rodríguez Chacín –dos veces–, Lucas Rincón, Jesse Chacón, Carreño y El Aissami) el país cierra el 2008 con un elenco de números que da pánico, por los niveles de violencia que dejan ver. Según los cálculos de los que se ocupan del tema, terminaremos el año con alrededor de 13.000 homicidios (11% más que el año anterior), lo cual nos pone en el ranking de los países más violentos del planeta si consideramos, además, como bien lo recoge el último informe de Provea, que siguen aumentando visiblemente los secuestros, los robos, los linchamientos, las muertes en las cárceles, las ejecuciones y cuanta forma de violencia quepa imaginar. No debe extrañar, entonces, que la encuestadora IVAD diga que cerca de 70% de la población señala la inseguridad como su principal problema, a pesar de que más de un burócrata de alto rango todavía dude que la nuestra se haya convertido en una sociedad calada por el miedo.

II. Cierto que la historia de esta violencia que ahora padecemos no comenzó en el año 1998, cuando fue elegido el presidente Hugo Chávez. Pero cierto, así mismo, que once ministros después (y ya sabemos los efectos de la rotación en un Estado tan poco asentado institucionalmente como el nuestro), el Gobierno sigue estrellándose contra la terquedad de unos números que engordan sin cesar. Y no sólo se trata, de paso, de lo que estos reflejan, sino de las formas cada vez más brutales y atroces que asume el delito entre nosotros. En una investigación realizada por el Centro para la Paz, de la UCV, se registra la conversación con un médico de un módulo de Barrio Adentro, ubicado en un barrio del este de la ciudad: "...Es impresionante –afirma– la cantidad de muchachos en edades comprendidas entre los 16 y los veinte y algo, que tienen una colostomía, producto de impactos con armas de fuego, intencionalmente ejecutados con ese fin, como dicen ellos, con el fin de ponerlos a cagar en una bolsita. Esto tiene un significado demoledor a esa edad: quién quiere acostarse con un joven que lleva los intestinos por fuera y muchas veces las heces".

III. Nos encontramos, así pues, frente a una situación que si no es de anomia, se le parece demasiado. Aun cuando en Venezuela se ha progresado en otros ámbitos de los derechos humanos, el derecho a la seguridad ciudadana, consagrado en el artículo 55 de la Constitución, es letra muerta para amplias capas de la población.Es, casi, como si se hubiese promulgado la ley de la selva, mientras el Estado se va convirtiendo, poco a poco, en mera fantasía, sobre todo para los sectores más débiles, prueba de que, bajo este gobierno de izquierda, el acceso a la seguridad y a la justicia es cada vez menos democrático. Pareciera, así pues, que la paz social venezolana ocupara un espacio menor entre los objetivos contemplados dentro de la actual narrativa revolucionaria. Once ministros después no se tiene, en fin, el país más tranquilo que los ciudadanos esperaban tener cuando se inició la administración del presidente Chávez. Así las cosas, el Gobierno haría bien en repasar sus omisiones, arropadas éstas por la idea de que se trata de "un problema mundial", así como los errores cometidos en el encuentro con esta tragedia, en buena medida debidos a una absurda ideologización del problema. Sólo de esta manera podrá impedir que la inercia de la violencia siga porfiando, haciéndonos una sociedad cada vez más peligrosa, gobernada por la desconfianza de todos con todos, menos dispuesta para la concordia.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Quiero compartir con ustedes el artículo de Rafael Osío Cabrices en la Revista "Todo en Domingo" de El Nacional, Domingo 14 de Diciembre de 2008.

La Vida Sigue

Recuerden

Rafael Osío Cabrices
osiocabrices@hotmail.com

Recuerden cuando las cosas eran distintas. Recuerden cuando se nos decía que Venezuela era un país abierto, moderno y hondamente democrático, civilista y amigo de las democracias. Era, en parte, una mentira, pero era una mentira que si bien nos hizo dormirnos sobre nuestros laureles y olvidar que la democracia no es sólo renta petrolera sino también igualdad, también nos dotó de una imagen del futuro, con la que nos animábamos a salir a hacer cosas cada mañana, y nos sentíamos parte de algo positivo y pujante. Era más o menos la época en que condenábamos todo terrorismo al mismo tiempo que los abusos de las superpotencias, y practicábamos un anticomunismo de hedonistas, cuya expresión más frecuente era recostarnos en una silla de playa con un whisky y decir con una sonrisa somnolienta: "Chico, este comunismo nos está matando". Uno no se detenía a pensar quién era adeco o copeyano o de izquierda, porque era por lo general irrelevante. La gente tenía nombres que se podían pronunciar y no era común escuchar decir "yo no cambio este país por nada", porque casi nadie parecía preocupado por tener que irse a vivir a otro.

Afuera se nos recibía con sorna o con cierto escándalo por nuestra gritería o nuestro provincianismo, pero que yo sepa no se nos consideraba idiotas a los que saquear los bolsillos o pillos de quienes había que esconder las hijas y las cajas fuertes. El trabajo tenía significado y valor, estaba bien visto ser responsable y la corrupción era, verdaderamente, un crimen que otro cometía, no una pandemia del espíritu.

Recuerden cuando todos saludábamos al llegar a un lugar y nos daba pena comernos la luz de un semáforo. A los niños de entonces nos regañaban si no éramos respetuosos con los adultos o si nos hacíamos pipí en la calle. Dábamos las gracias, el asiento a las damas, la dirección correcta. No decíamos groserías frente a las personas mayores ni robábamos objetos ajenos. No había chamos en uniforme del colegio pidiendo dinero a los extraños ni echando piropos ofensivos a las mujeres.

Miren un poco hacia atrás, los que tienen edad para hacerlo, los que pusieron atención a los cuentos de sus mayores. Allá, en esas capas de pasado que puede estar dorando un poco la nostalgia pero que nunca fueron el paisaje de un paraíso, había más campos sembrados, más industrias con personal completo, más museos con público. Recuerden que no siempre fue la vulgaridad la cima de la cultura, que existía el silencio, que se aceptaba la discreción y no se marginaba a la inteligencia (aunque nunca se le haya tenido, entre nosotros, como lo más valioso). El gran arte venezolano no se destruía sino que se defendía y se financiaba.

Sabana Grande era un sitio en el que nos tomábamos fotos los visitantes de provincia. Y los corales de Morrocoy aún vivían.

Recuerden una imagen reciente, que vimos todos: la de esos ancianos que con muletas, sillas de ruedas o andaderas hicieron un esfuerzo enorme y conmovedor por votar el 23 de noviembre pasado, una escena de compromiso por Venezuela que hemos visto en varias elecciones anteriores. El que esos abuelos hayan hecho eso dice mucho del país que conocieron y que insisten en defender.

Recuerden todo eso para cuando llegue la hora de fajarse a reconstruir este país. Porque esa hora se está acercando.