sábado, 28 de agosto de 2010

La risilla, por Nelson Rivera

Véanlo una vez más en la página Web de CNN en Español. Lo que el joven funcionario emite no es risa (carece del atributo de franqueza plena que Chautebriand definía como el rasgo de la risa verdadera). Tampoco es risita (eso que el joven funcionario expelió de su garganta, cuando se hablaba de más de 16 mil muertes violentas al año, vidas liquidadas una tras otra, no podría aspirar a la consideración del diminutivo). Es risilla: lo irrisorio mismo. Lo baladí.

Conviene repasar el video: se constatará allí la incomodidad tiesa del joven funcionario. El humor que le ha invadido tras verse obligado a comparecer a una pantalla que no es la que dirige todos los días, ni tampoco alguna de las numerosas pantallas controladas por los apetitos de la revolución, es ocre, pastoso.

Allí está: la tensión en la postura, propia de quien debe presentarse a rendir un examen de lapso, o una prueba sicotécnica, o un test de rapidez mental, sin haber dormido la noche anterior, o sin haber preparado la tarea exigida o, como vimos en pantalla, habiendo preparado la defensa de un tema, lucha contra la pobreza, cuando el debate se refería a otro relevante asunto: la muerte violenta de más 16 mil personas al año en Venezuela, una a una, pobres y no pobres.

Modesta tragedia de un propagandista de la política, no de cualquier política sino de una que se proclama revolucionaria: presentarse a defender su causa, sin datos, sin argumentos y con los papeles equivocados. Atrapado por la impaciencia. Con el fastidio instalado en toda su corporeidad.

Abrumado por el encargo de hacerle frente a dos aventajados: un científico experto en la criminalidad nacional y un veterano profesional de la policía.

La patética del joven funcionario es evidente: su derrota es anterior al inicio del programa. Su tribulación es visible. La diversidad del repertorio al que pueden apelar el científico y el veterano policía los vuelve impredecibles. No sabe qué dirán. ¿Hablarán de la derrota de las ciudades ante las organizaciones especializadas en el oficio del secuestro express? ¿De la mortalidad entre policías, escoltas de funcionarios gubernamentales, conductores de busetas y taxistas? ¿Narrarán las guerras entre bandas de jóvenes narcotraficantes? ¿Contarán acaso lo que viene ocurriendo en las cárceles de todo el país?

La rendición Verifíquelo: aunque se mantenga sentado a lo largo del programa, el joven funcionario está caído desde el primer instante. No se propone rivalizar ni con el científico ni con el veterano policía. No plantea un argumento de fondo. No sorprende con una solución a futuro. En un momento se le escucha balbucear algo con respecto a la Policía Nacional pero lo abandona de inmediato. Su impaciencia, su temor a la propia precariedad, devora sus argumentos.

A la primera pregunta, responde descalificando al medio que le entrevista: su primer paso consiste en lanzar una andanada que lo deje fuera del programa. Rehúye al debate con esa pataleta de quincalla que consiste en denunciar al medio. Pero resulta que ni el periodista que conduce ni el científico ni el veterano policía ceden a la provocación: el programa sigue.

Pasa esto: que el encargo que ha recibido el joven funcionario es nada menos que defender lo indefendible. Indefendible en la esfera de la realidad (los cadáveres se apilan en las morgues); indefendible en la lógica de las políticas públicas (una deriva que acumula más de una década); indefendible en el delicado territorio de la política (las encuestas muestran que alrededor de 90% de los venezolanos advierten el fracaso gubernamental ante el crecimiento exponencial de la violencia).

Y así el programa avanza.

Entrevistan a algunos transeúntes: contestan lo que contestaría cualquier ciudadano: hablan de miedo, de peligro, de la percepción de que el Gobierno no hace lo que debe. Esas intervenciones no pretenden ser políticas: los entrevistados hablan de lo que temen, de lo que saben, de lo que perciben, de lo que padecen.

El científico vuelve a tomar la palabra: en ese momento el joven funcionario empieza a emitir sucesivas risillas. Su cabeza, convertida en una olla de presión (no lo olvidemos: le han encargado defender lo indefendible), expele risillas, es decir, insignificancias. Vaya a CNN en Español y escuche (no vea la pantalla, únicamente escuche): es el modo en que el joven funcionario, mordido por la desesperación ha encontrado para rendirse. Las risillas son su no-puedo-más. Son su tiro-la-toalla (que pertenece al mismo orden del tiro-la-toalla de las políticas públicas ante el auge de la delincuencia).

Algún lector podría preguntarse si el joven funcionario hubiera podido actuar de otro modo (lo que equivale a preguntarse si el joven funcionario tiene alguna capacidad de elegir).

Opino que no. Mi hipótesis es que de haber podido escoger (quienes escogen ser funcionarios de un dictador, lo que escogen es perder la capacidad de escoger), el funcionario habría escogido no ir, no comparecer a la prueba de defender lo indefendible.

Pero hay algo más: la risilla (la insignificancia) del joven funcionario no es excepcional. Es la risilla en común, la inoperancia circular, el conformismo moral del poder ante la muerte de los semejantes. Es el sonido vacuo de lo que no tiene causa que no sea la propia. El ruido vacío que emite la indiferencia plena ante la muerte. Risilla o el puro desprecio por la vida.

Risilla o la impotencia.

Publicado en: El Nacional, 28/08/2010, Papel Literario, Pág. 4

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