sábado, 28 de agosto de 2010

LA LISTA, por Nelson Rivera

Henos ante la implacable consistencia que portan los hechos: a los hombres les sobreviven sus acciones. No corresponde pensar la lista como un hecho pasado o del pasado.

Las realidades de exclusión que ella activó siguen vigentes y se extienden a lo por venir (de hecho, mientras su autor permanecía en capilla ardiente, pares y copartidarios han reivindicado la creación de la lista; en otras palabras, han afirmado la semántica, la eficacia y los procedimientos derivados de ella).

Ahora mismo la lista sigue su curso, su feroz y silencioso activismo. Ni siquiera podría decirse que ella ha alcanzado su punto de consumación: al contrario, en su campo ella continúa consumiendo, en lento y contumaz ejercicio de erosión, las vidas de los listados. Del mismo modo que no será posible cualificar ni cuantificar los sufrimientos que ha producido, tampoco será posible documentar la magnitud, la devastación sensible, el dolor que continuará generando a lo largo de los próximos años y décadas.

Estamos frente a esto: el más determinante de los principios de toda lista negra es de la incorregibilidad.

El oprobio con que interviene en el transcurrir y en las aspiraciones legítimas de sus víctimas, la manera en que modifica las condiciones de la existencia no podrán nunca ser restituidas (de allí que la orden de "enterrar" la lista pertenece al reino de lo vano y lo falaz: en la superficie de la vida real, las heridas de la indignidad siguen abiertas, los portazos continúan estremeciendo la humanidad de los perseguidos).

La negación del derecho al trabajo, a la educación, a la salud, a la justicia o a recibir el mismo trato por parte de las instituciones del Estado significa mucho más que el resquebrajamiento del principio de igualdad. En la experiencia primaria, la lista humilla de forma directa, degrada, no a una masa indiferenciada sino a personas a quienes se repele a una condición de fragilidad. A nadie debe sorprender que haya ciudadanos que hayan escogido el suicidio ante el arrebato de su civilidad: expulsados más allá de las fronteras de la justicia, empujados a un estado de indignidad, quitarse la vida resultó quizás una forma de liberarse de una persecución de carácter histórico: por haberse adherido a una causa legal ante un régimen atrapado en la tentación totalitaria.

De la responsabilidad

La obra ha trascendido a su creador. Que nadie subestime su contribución al régimen de las exclusiones: reconvirtió el que era no más que una versión del inveterado recurso de los abajo firmantes en instrumento de persecución material y psicológica. En lógica de actuación de lo público ante la disidencia política. En metodología por medio de la cual el poder convertía y convierte las necesidades de los ciudadanos en negación de su estatuto ciudadano, en cercenamiento de las libertades, en práctica de empobrecimiento real de los firmantes.

La temprana muerte del orgulloso creador y diseminador de la lista (en una entrevista a Albinson Linares, para la revista Exceso, dijo: "no me arrepiento") ha puesto en circulación el siguiente argumento: que el culpable del aberrante listado no sería el sujeto sino el régimen.

Más o menos la idea de que el hombre que colgó en su página Web la lista de quienes debían ser excluidos/perseguidos, no podría ser considerado sino el detonante o el bienmandado de una entidad superior, maligna y más poderosa.

Pero toca aquí confrontarnos con el siguiente pensamiento: que el Estado-régimen haya devenido criminal no exonera a los individuos.

Necesario es volver a Karl Jaspers: toda dictadura constituye un reto para cada personalidad. Frente a las posibles elecciones, la suya fue acometer acciones para degradar la libertad de quienes firmaron para expresar un modo de pensar, y para alentar formas de odio en contra de específicas personas: no el odio vertido en la lengua negadora y recurrente que es el sello del régimen, sino un odio todavía más perverso: ese que desde hace años niega la oportunidad, el acceso a varios millones de venezolanos, a derechos a los que tienen legítimo y legal derecho.

El que un régimen adopte un programa de exclusión no exculpa a sus operarios.

Si aceptáramos que los cargos señalan a una entidad colectiva, no habría responsables ni de la lista ni de sus innu merables y terribles consecuencias. No se trata aquí de juzgar las convicciones. Ni tampoco de aceptar que un hombre es inocente de una voluntaria actuación discriminatoria porque la esfera del Estado haya incorporado prácticas delictuales a su funcionamiento o roto las bases del Estado de Derecho.

Las acciones del autor constituyen y generan responsabilidades que pueden ser políticas, morales y hasta penales. Desde los juicios de Nürenberg sabemos, como sintetizó el mismo Jaspers a finales de 1945, que "ningún político, ningún militar y ningún funcionario puede en el futuro invocar la razón de Estado o las órdenes" para explicar su implicación en violaciones a los derechos humanos, mucho menos aún si, como en éste caso, la gestión de la lista negra ocurrió por decisión propia. Hannah Arendt lo ha señalado con precisión: "Donde todos son culpables nadie lo es".

Insisto: el reciclaje y reconversión de la lista, en tanto programa cuyo objetivo es la creación de una sociedad paria, es un debate que nos concierne por sus consecuencias políticas, morales y penales (también el cinismo que ha envuelto su historia merece un capítulo en un posible recuento y análisis del cinismo como lógica in crescendo de los nuevos totalitarismos). Todo delito, incluyendo los que pretenden justificarse en el ámbito de la necropolítica (el aniquilamiento de la disidencia y sus operaciones críticas) interroga también nuestra capacidad de juicio: el ímpetu por denunciar al régimen no puede sustraernos de que los hombres, cuando actúan en contra del derecho de otros, adquieren el estatuto de responsables de sus acciones, es decir, se convierten en sujetos que tarde o temprano deberán comparecer ante un tribunal que los interrogue por sus responsabilidades.

Cierro estas notas con un párrafo de las luminosas reflexiones de Hannah Arendt, contenidas en su ensayo "Responsabilidad personal bajo una dictadura": "Es igualmente una suerte que exista todavía en la sociedad una institución en la que es prácticamente imposible eludir las responsabilidades personales, en las que todas las justificaciones de naturaleza vaga y abstracta --desde el Espíritu de la época hasta el complejo de Edipo-- se derrumban, en que no se juzgan sistemas, tendencias ni pecados originales, sino hombres de carne y hueso como tú y yo, cuyos actos son, desde luego, actos humanos pero comparecen ante un tribunal porque han infringido alguna ley cuyo mantenimiento consideramos esencial para la integridad de nuestra común humanidad".

Fuente: El Nacional, 21/08/2010, Papel Literario, Página 1

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